[Columna] ¿Por qué los recibimos como campeones del mundo?

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La selección chilena terminó su participación en la Copa del Mundo, sin embargo, para nosotros significa muchísimo más que solo haber jugado un torneo importante.

Por José Miguel González Trujillo.

En un país de mentalidad perdedora, tímido, que un grupo de jóvenes irreverentes se paren frente a quien sea con ánimos de triunfalismo y condiciones más que justificadas para poder hacerlo es para celebrarlo, agradecerlo y tomarlo como ejemplo. Si, no ganamos la copa, pero ganamos mucho más de lo que creemos.

Primero que todo, el ver a los jugadores con la ilusión y ambición que demuestran despierta un patriotismo en cada uno de los chilenos que antes no se veía ni se pensaba posible. Ver a la selección en la cancha une al país más que el 18 de septiembre y se nota en la felicidad de cada persona. El hecho de que los seleccionados y toda la delegación hayan sido recibidos como campeones desde que pisaron Chile de vuelta argumenta que los vemos más allá de simples futbolistas.

Durante el tiempo que estuvieron en Brasil los vimos como, incluso, hermanos y sufríamos con ellos con cada falta, le gritábamos al árbitro con cada reclamo y cobro que hacía, nos barríamos con Medel, nos tiramos a atajar con Bravo, le pegamos al arco todos juntos con Alexis.

El hecho de empatizar con los jugadores es porque los vemos como a nosotros mismos. Nos sentimos identificados con el esfuerzo que hicieron por estar allá, nos vimos representados por la garra que pusieron todos. Los seleccionados chilenos son el reflejo del cabro chico que juega a pie pelado en el barrio, de todos los sueños que ellos sí pudieron cumplir y nos impulsan a seguir trabajando para lograr y conseguir los nuestros.

Cómo no tomar de ejemplo a la Roja, quienes nos enseñaron que pese a las diferencias, si nos unimos por un objetivo común y remamos para el mismo lado las recompensas llegarán. Quién no se emocionó al ver a Johnny Herrera, símbolo de Universidad de Chile, abrazar a Gonzalo Jara después del penal. Ver a Esteban Paredes, ídolo de Colo Colo, consolar a Eugenio Mena, quien lloraba desconsolado. Sentir el dolor de Gary Medel tras el partido.

Voy a dedicar un párrafo al Pitbull. Jugó con 8 milímetros de desgarro, en la conferencia previa al partido Sampaoli dijo que era prácticamente imposible de que esté ante Brasil, pero dejó todo en la cancha y estuvo 110 minutos dándolo todo por un objetivo. Por su alegría, la del grupo y, por supuesto, la nuestra. Misma historia para Arturo Vidal, de quien todos los pronósticos indicaban que no llegaba al Mundial, pero marcó presencia como el guerrero que es.

Quizás esta Copa no era la nuestra, quizás se debe empezar ganando desde abajo y el próximo año, en casa, es una nueva oportunidad de demostrarle a todo el mundo, a los que nos basurearon, que para Chile no existen imposibles.

Por otro lado, sabemos que no ganamos y que, probablemente, es un nuevo triunfo moral para nuestra historia, pero así se aprende y en un país que, futbolísticamente, ha cometido tantos errores, parece haberse encontrado el camino para reescribir y comenzar a escribir algo más bonito. Esperemos y confiamos que así sea.

Confieso que después de la tanda de penales lloré y me dio pena, pero después entendí que pararse ante todo el mundo no es fácil, sin embargo los muchachos en el campo de juego lo hicieron ver sencillo. Esa es la clave, pararse sin miedo ante lo que sea, pase lo que pase, hay que luchar.

Finalmente, una vez leí que el fútbol y los futbolistas son la actividad y la profesión que menos aporta a la sociedad. Tal vez no se contribuya a la economía o a mejorar la educación y salud en nuestro país, pero si ayuda a que el ánimo y la disposición sea distinto.

Por último, a quién siga creyendo que el fútbol y el futbolista son la actividad y la profesión que menos aporta a la sociedad, que vea una y otra vez los partidos, el recibimiento y que después, por favor, no siga molestando. Que viva Chile, que viva la Roja.

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